Ensayista, periodista y
político argentino, nacido en Buenos Aires en 1911 y fallecido en su
ciudad natal en 1984. Autor comprometido con la izquierda marxista, fue
uno de los intelectuales más relevantes del PCA (Partido Comunista
Argentino) -en el que ejerció como máximo referente cultural y
responsable de la Comisión Nacional de Asuntos Culturales-, e introdujo
en Hispanoamérica la obra del ideólogo italiano
Antonio Gramsci.
Alentado
desde su temprana juventud por una firme vocación política, en 1927,
cuando sólo contaba dieciséis años de edad, se afilió al PCA, en cuyas
filas habría de permanecer durante el resto de su vida. Pronto quedó
cautivado por la figura y el ejemplo del intelectual materialista Aníbal
Ponce (1898-1938), y decidió procurarse también una excelente formación
humanística que le permitiera desarrollar a fondo su ideología
política. Así, en 1929 ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de
la Universidad de Buenos Aires, donde enseguida sobresalió como uno de
los principales dirigentes del movimiento político estudiantil, al
tiempo que destacaba entre los teóricos de las corrientes izquierdistas
de la Reforma Universitaria.
Su infatigable labor como activista
político e intelectual de referencia comenzó a hacerse patente desde
aquel período universitario. Junto a otros compañeros que compartían sus
ideas marxistas, fundó la agrupación política estudiantil
Insurrexit, en la que militó también un jovencísimo
Ernesto Sábato,
autor, por aquel tiempo, de un furibundo panfleto titulado "Quince años
de derrotas bajo el signo de la Reforma", difundido por los miembros de
Insurrexit. Por su parte, el propio Agosti se reveló como un
prometedor ideólogo tras divulgar, por idéntico cauce, su folleto
"Crítica de la Reforma Universitaria", escrito por sugerencias de su
guía y mentor Aníbal Ponce.
Como no podía ser menos durante aquel
turbulento período de la historia de Argentina -denominado por algunos
historiadores "la Década Infame"-, Héctor P. Agosti fue perseguido y
encarcelado en varias ocasiones, en respuesta a su briosa actividad de
agitador político y, también, a los incendiarios artículos periodísticos
que le otorgaron un merecido prestigio intelectual. A lo largo de su
vida, publicó numerosos escritos de esta índole en los rotativos
Crítica,
El Sol y
Clarín, de Buenos Aires, y llegó a dirigir el diario
Bandera Roja y los semanarios
Orientación y
Nuestra Palabra, órganos del Partido Comunista Argentino.
Reducido a presidio entre 1930 y 1932 -en pleno mandato dictatorial de
José Evaristo Uriburu-,
apenas recobró la libertad cuando volvió a ser encarcelado, esta vez
por un período de cuatro años (1933-1937). Durante su forzosa reclusión,
escribió varios ensayos políticos que, reunidos en un volumen a su
salida de la cárcel, constituyeron su primer libro impreso, publicado
bajo el elocuente título de
El hombre prisionero (Buenos Aires,
1938). En esta interesante obra de juventud, Agosti dejó bien patentes
las líneas políticas por las que deseaba conducirse, al señalar, entre
los principales intelectuales revolucionarios de Hispanoamérica, al
peruano
José Carlos Mariátegui y al cubano
Julio Antonio Mella,
omitiendo los nombres de las cabezas visibles del Partido Comunista
Argentino (con las que, a la sazón, discrepaba el joven militante).
Una
vez puesto en libertad, Héctor Pablo Agosti -que habría de volver a la
cárcel en otras tres ocasiones, siempre por mor de su encendida defensa
de las libertades y su frontal rechazo a cualquier forma de autoridad
dictatorial- se hizo un hueco en el PCA, a pesar del recelo con que le
miraban esos líderes a los que el joven escritor no había señalado como
modelos perfectos del intelectual revolucionario (principalmente, los
dirigentes comunistas Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, célebres por
su radical estalinismo). Sobrevivía, por aquel tiempo, merced a su
oficio de crítico literario, que había comenzado a ejercer, con
asombrosa precocidad, en 1928, cuando publicó sus primeros artículos y
reseñas en la revista
Claridad. Posteriormente, ejerció la crítica en otras publicaciones como
Nosotros y
Cursos y Conferencias, esta última dirigida por su maestro y amigo Aníbal Ponce.
Su
intensa labor periodística le llevó, a lo largo de su dilatada
trayectoria profesional, a dirigir otras publicaciones como las revistas
Nueva Gaceta y
Expresión. Pero su mayor éxito profesional en esta faceta periodística lo alcanzó al frente de la revista
Cuadernos de Cultura,
cuya dirección asumió cuando la publicación apenas sumaba unos pocos
números de existencia. Agosti la convirtió en uno de los principales
foros de investigación y discusión de la historia y el pensamiento
argentinos, velando en todo momento por la especificidad de su ámbito
geocultural (lo que implicaba luchar constantemente contra la presión de
Moscú y los comunistas prosoviéticos argentinos como los citados
Codovilla y Ghioldi, pero sin apartarse nunca de esa ortodoxia marxista
que inspiraba a Agosti y al resto de los redactores y colaboradores de
Cuadernos de Cultura).
En tan complejo ejercicio de equilibrio político, Héctor Pablo Agosti
se mantuvo al frente de la prestigiosa publicación durante un cuarto de
siglo (1951-1976).
En el momento de hacerse cargo de
Cuadernos de Cultura, Agosti era ya un acreditado ensayista, tanto por su ya mencionado volumen
El hombre prisionero como por otros ensayos posteriores como
Cuaderno de bitácora (1942) y, sobre todo,
Defensa del realismo
(Montevideo, 1945), que alcanzó una notable difusión tanto en Argentina
como en otros muchos lugares de América y Europa. Entre otras muchas
figuras relevantes del marxismo internacional, el filósofo francés
Henri Lefebvre se dirigió por escrito al ensayista bonaerense para testimoniarle el entusiasmo que le había producido la lectura de
Defensa del realismo, acerca de la cual pensaba que "
pocos textos se han escrito más serios, más profundos que esas líneas".
A comienzos de los cincuenta, coincidiendo con su desembarco en la dirección de
Cuadernos de Cultura,
Héctor P. Agosti emprendió la ardua tarea de difundir el pensamiento de
Gramsci en Argentina. Su esfuerzo fue tan tenaz y fecundo que, en la
actualidad, desde una perspectiva histórica aclarada por el paso de los
años, puede afirmarse que las ideas del gran político y pensador
italiano arraigaron en Argentina (y, prestamente divulgadas desde allí,
en toda Hispanoamérica) antes que en los Estados Unidos de América o en
los países europeos donde habrían de tener mayor influencia (como
Francia, Alemania o el Reino Unido). Agosti fue el principal responsable
de esta divulgación: en 1950 tradujo al castellano las célebres cartas
de Gramsci, y entre 1958 y 1962 hizo lo propio con su obra
Cuadernos de la cárcel. Además, escribió un valioso ensayo,
Echeverría
(1951) en el que se sirvió de la categorías de análisis establecidas
por Gramsci para examinar la cultura nacional argentina del siglo XIX, y
llegar a la conclusión de que, en dicho período, "
se agotó el papel histórico de la burguesía argentina".
Dicho de otro modo, Agosti, siguiendo las pautas que Gramsci aplicó a
la cultura italiana, afirmó en este ensayo que la burguesía argentina
del siglo XX estaba aquejada de una total impotencia política, originada
en la falta de impulsos que, desde sus orígenes, le impedía emprender
la marcha. En este análisis -que coincidía con el punto de vista de otro
prestigioso intelectual comunista argentino, Ernesto Giudici-, Héctor
Pablo Agosti volvía a mostrar sus desavenencias con la clase dirigente
del PCA, que por aquel tiempo reconocía en la burguesía nacional una
notable capacidad para contribuir a la democratización del país.
Miembro del consejo de redacción de la revista francesa
Recherches Internationales,
Agosti incrementó su prestigio dentro y fuera de Argentina con una
serie de cursos y conferencias que dictó en las principales
universidades de Uruguay, Chile, Ecuador, Venezuela y la Unión
Soviética. Compaginó este denso trabajo intelectual con su infatigable
labor periodística y con su fructífera dedicación al cultivo del ensayo,
género que, además de la política, le permitió abarcar temas
literarios, culturales, históricos, etc. Entre sus obras ensayísticas no
citadas hasta ahora cabe recordar la titulada
Nación y cultura
(Buenos Aires, 1959), en el que Agosti rescata la figura y las ideas de
Gramsci para alertar sobre la necesidad de "modernizar" o actualizar el
comunismo a los nuevos rumbos tomados por las sociedades democráticas de
todo el mundo. Por aquel tiempo, entusiasmado por el triunfo de la
Revolución Cubana, Agosti se lanzó de lleno a impulsar una corriente
cultural renovadora dentro del PCA, fundamentada en sus propios escritos
y, desde luego, en las ideas de Gramsci. Ciertamente, el intelectual
bonaerense no se atrevió a llevar estas divergencias culturales al campo
de las ideas políticas, por lo que no llegó a dar el paso decisivo de
romper radicalmente con el PCA; pero dejó sentadas las bases para que
esta acción fuera llevada a cabo por sus discípulos, entre los que
destacaron José Aricó y Juan Carlos Portantiero.
Galardonado en
1978 con el Premio Aníbal Ponce (otorgado por la asociación "Amigos de
Aníbal Ponce"), Héctor Pablo Agosti ocupó cargos tan relevantes en la
vida cultural argentina de mediados del siglo XX como el de secretario
de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), secretario de la
Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE),
presidente del Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA) y miembro del
Comité Ejecutivo del Partido Comunista de Argentina.
Además de las obras citadas en parágrafos anteriores -a saber:
El hombre prisionero (1938),
Cuaderno de bitácora (1942),
Defensa del realismo (Montevideo, 1945),
Echeverría (1951) y
Nación y Cultura (1959)-, el político e intelectual bonaerense dio a la imprenta otros ensayos tan dignos de mención como
Emilio Zola (1941),
Literatura francesa (1944),
Ingenieros, ciudadano de la juventud (Buenos Aires, 1945),
Para una política de la cultura (1956),
El mito liberal (1959),
Tántalo recobrado (1964),
La milicia literaria (1969),
Aníbal Ponce. Memoria y presencia (1974),
Las condiciones del realismo (1975),
Prosa política (1975),
Ideología y cultura (1978),
Cantar opinando (1982) y
Mirar hacia delante (1983). También vio la luz su
Correspondencia con Enrique Amorin.
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